Bon Iver. La fábula del oso enamorado

En ArterEgo nos gustan las historias de perdedores románticos. Nos gustan porque una vez jugaron a ganar. Pero perdieron.

Ellos, al menos, jugaron.

En ArterEgo nos gustan historias como la de Justin Vernon.

Probablemente este nombre no les suene mucho. Tal vez no lo hayan escuchado nunca antes.

Sin embargo, es el protagonista de una historia que merece la pena ser contada: la fábula del oso enamorado.

Justin era un tipo feliz. Tenía una banda de música con unos amigos en Nueva York. No eran los Stones, pero se lo pasaban bien. También tenía una novia a la que quería con locura. Emma. La vida le iba bien a Justin. Un grupo de música y una novia: el sueño de un cualquier joven músico en Nueva York.

¿Qué más podía pedirle a la vida?

Sin embargo, de buenas a primeras, como suele pasar con estas cosas, Emma se largó con otro, rompiendo en mil pedazos el corazón de nuestro pobre Justin.

Desconsolado y perdido como un niño de 4 años en un centro comercial, cogió su guitarra y se largó con viento fresco (y nunca mejor dicho) a pasar el frío invierno a una cabaña de su padre, dejada de la mano de Dios en mitad de los bosques de Wisconsin.

Sin amigos, sin familia, sin agua corriente y sin Emma, pasó el crudo invierno, sin más compañía que su guitarra y unos cuantos discos de los niños cantores de Viena que escuchaba de manera compulsiva.

Y así, como un oso preparándose para pasar el invierno, se refugió en su guarida para no salir en meses. Se dejó una poblada barba, propia de un leñador escandinavo. Pensó, descansó, paseó y tocó. Y de sus ágiles dedos, de su roto corazón y de su susurrante voz, comenzaron a salir una serie de canciones. Las canciones más bonitas que él jamás podría haber compuesto. Un folk que se desliza por los oídos y estalla en mil colores en algún lado de la cabeza. Una maravilla que cuando la escuchas, te planta en mitad de esos bosques de Wisconsin, aunque estés en un atestado vagón de metro rodeado de olores ciertamente alejados del frescor de esos árboles.

Justin decidió grabar 14 de esas canciones en un cedé en su cabaña, de forma rústica y sin muchas pretensiones. Al regresar al mundo civilizado, los repartió entre sus amigos más cercanos. Como no podía ser de otra forma, éstos se quedaron petrificados ante la obra maestra que había creado su amigo Justin en su retiro espiritual, en su particular clínica de desintoxicación para desengancharse de esa droga dura llamada Emma.

Y sacó el disco. Y se rebautizó artísticamente como Bon Iver (Bon Hiver, en francés, buen invierno) como forma de homenaje a esos días fríos en su cabaña. Y llamó al disco: For Emma, Forever ago (Para Emma. Para siempre atrás), dejando claro que se había rehecho del varapalo, que se había desenganchado de Emma. Y la crítica cayó rendida a sus pies. Y todas las series de televisión querían contar con sus temas. Y todos los músicos, desde Peter Gabriel a Kanye West, se peleaban por colaborar con Justin.

Y olvidó para siempre a Emma.

El 25 de junio saca su segundo disco. Ahora estoy viendo una foto suya en una revista y, a pesar de todo, aún conserva esa poblada barba que se dejó crecer en aquel invierno. Eso sí, mucho más cuidada y recortada. Pero sigue ahí. Tal vez como Emma, quien nunca se irá y siempre estará presente en su vida, de una u otra forma, por mucho que quiere olvidarla.

Aunque sea dedicándole discos de una belleza inabarcable.

Gracias, Emma, por partirle el corazón.

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