Cafés literarios y tertulias de bar

Memento Mori

Sé que todo acaba. Que lo nuevo mañana es viejo, que aferrarse es perder y mirar atrás una costumbre de anticuario. Sé que la nostalgia es una mujer fatal vestida de recuerdos con olor a certeza y naftalina, esas certezas que, malditas sean, se te clavan en la espalda como arañas en celo y hacen de tu cabeza un sofá orejero de piel ajada y opiniones que ya no son opiniones, son sentencias.

Memento mori es una frase latina que significa “Recuerda que vas a morir“, recuerda que eres mortal. Memento Mori también significa perder la costumbre de dudar. La costumbre de poner en tela cada cambio que pisas y cada voz que no es la tuya. Porque cada certeza y cada sentencia imagino -sé- que son dos pasos más cerca de las tablas y las sombras.

Y sin embargo, cómo cuesta no respirar verdades, no creer a ciencia cierta que “ya no se hacen películas como las de antes” o “ya no se viven los bares“. Y es que ya no se escribe ni se olvida en la mesa de un bar. Ya no quedan historias ni servilletas garabateadas de pasado ni canallas ni poetas, como aquel que “Traía los folios dentro del periódico. Era todo su aparato de escritor. Las gafas ligeras, la pluma fuente, clásica, el cigarrillo egipcio que un botones le traía del Casino, los puños fuera, desmesurados, las manos anilladas, las uñas lacadas, la letra bellísima, urgente, personal y clara“. Ya no quedan Ruanos ni Umbrales, sólo futuro vestido de tinta electrónica.

En el bar se bebe, pero hubo un tiempo en el que también se construían castillos de arena sin plazos ni hipotecas. Hubo un tiempo donde coleccionábamos horas muertas -antes, ya ven, cuando el tiempo a veces moría de puro lento- horas de cafés, tertulias y relojes sin pilas de cuarzo. Qué pena.

Sólo un último ruego antes del fusilamiento. Un repaso por tres cafés literarios. Dos que fueron. Uno que es. Ninguno será.

· Café Pombo (Carretas, al lado de Sol). Trinchera de las primeras tertulias literarias, sábados por la noche, de Ramón Gómez de la Serna: “La Sagrada cripta del Pombo“. Un lienzo de José Gutiérrez Solana da fe del crimen.

· Café Teide (Paseo de Recoletos, ahora Mafre). Casa del maestro de las ochocientas palabras: César González-Ruano. “Llegaba por las mañanas a Teide, entre nueve y diez, en un taxi, dejaba sobre la mesita la pitillera de oro, firmada por Alfonso XIII, y las cerillas de cocina, tosía “lo reglamentario” y se sentaba a escribir, envuelto en franelas cálidas, cesarísimo”.

· Café Gijón (Paseo de Recoletos, 21). Madrid, simplemente Madrid. Mi Madrid de tinta, papel y Manhattans. Aquel que sube por Huertas, Juan Bravo y baja por esa calle manchada del “todo es ahora“. Sin planes ni más futuro que el pasado. Que se dice pronto.

“Desde el final del siglo pasado, el café Gijón ha sido un lugar de encuentro entre el pensamiento y el chocolate con picatostes. Aquí, alguna tarde Galdós se mató las pulgas y, colgado de la propia barba, Santiago Ramón y Cajal se citó con una tanguista, y Arniches inventó madrileños que hablaban con la boca torcida, y Jardiel Poncela escribió con tijeras de poder, y Umbral se hizo la manicura con dos artículos díarios a sus uñas de tigre señorito”.

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