Caza

Hacía ocho horas que el coche atravesaba la noche descapotado. Y que rugía y era dragón de disonantes acordes y estruendos que soltaban fuego por la radio. Pablo iba al volante, y conducía cabreado, forzando el motor y gritando que nos habían jodido, que el cabrón de Santi nos había jodido bien. Llevaba bebiendo cerveza desde que conseguimos salir de la ciudad y agitaba en el aire su escopeta de caza cada vez que maldecía a Santi escupiendo sólo espuma. Anita, la novia de Santi, iba sentada a mi lado -piel y su piel-  y el sudor de sus muslos hacía que me picaran a mí las piernas, de tan cerca que se apretaba para no rozar con su cuerpo el paquete ensangrentado con el que compartíamos viaje en el asiento de atrás. Estaba completamente drogada, se había quitado la camiseta y quería rebanarse la cabellera con un cuchillo de caza. Su pelo era rojo como el infierno y ardía con el viento azotándome las mejillas. A mí me gustaba sentir sus mejillas. Sus pezones, descubiertos y dando saltitos, se me ofrecían alerta muy cerca de mis labios -en mi excitación se aletargaba el placer como al pasar la lengua por un dulce de palo y el viaje no hacía sino intentar como fuera perpetuar la alucinación. La convencí para que me entregara el cuchillo, pero no conseguí  hacerme con la 9 mm que sacó rápidamente de su bolso y que empezó a blandir en el aire imitando a Pablo.

La Griega se afanaba con Pablo y recorría a besos su mandíbula con esos labios pintados de negro y en su entrepierna dejó descansar la mano izquierda, la que le vendamos en el cuarto de baño de la gasolinera que olía a mierda. La que Pablo le había mordido la noche anterior.

Diez minutos más tarde entramos por la carretera secundaria, directos al pueblo, a la calle demasiado estrecha que corría entre los muros de hiedra, a la bajada, a la casa y al reparto. Y ¿por qué no a Anita? Pero Pablo ya estaba empezando a acusar los efectos del día anterior y no dejaba de dar gritos por cualquier cosa y conducía cada vez más deprisa y el viento y la sangre y el infierno y el sudor se empezaron a mezclar con el polvo del camino que se nos pegó por todas partes y lo tragamos al respirar y se depositó fino y asfixiante en nuestras gargantas. Quedaba ya muy poco para llegar al pueblo, pero fue entonces cuando la Griega que tenía los ojos chinitos de porros le dijo a Pablo que se iba a entregar, que llamaría a Santi. Y Pablo se volvió loco. Y algo salió mal. Y Anita vació todo el cargador de la 9 mm en el aire y empecé a ver a través del alcohol, y las drogas, la histeria, la ira, las noches insomnes, la traición y dejé de pensar y el rojo y la sangre comenzaron a golpearme la cabeza, los pechos de Anita se estamparon contra el asiento y los faros enfocaron a Pablo inconsciente y cabeza abajo antes de salir volando para atravesar el cielo y el coche no paraba de dar vueltas. La Griega chillaba y chillaba y hacía un ruido ensordecedor hasta que se quedó callada y el coche dio un golpe contra algo y bruscamente se quedó inmóvil. Intenté hablar, y todo se volvió nada.

Hasta que escuché su voz.

La pistola no se disparó y, además, no he visto a Karolo desde hace media hora.

Tenía un tono de voz tranquilo y cálido, pero desde muy lejos eso fue lo que me aterrorizó pues sabía que iba a ser devorado por algún ser magnífico y alado. Y vagando entre sueño, deseo e ilusión, me rodeaban cuatro ángeles que intentaban que recuperara la conciencia. Y soñaba. Y me habló de nuevo. Esta vez desde muy cerca, casi susurrándome al oído, como si no deseara que nadie más le escuchara.

Esto nunca me ha pasado antes. Nadie se me ha escapado cuando cumplo órdenes y Karolo nunca se calla. Y ahora se calla y desaparece. Se largó en cuanto comenzaste a quejarte y a gemir. No sé, quizás tenga algo que ver con el paquete que llevabais en el coche. Lo vimos allí, a unos 100 metros. O a lo mejor es por otra razón… A lo mejor está preparando algo especial.” Y se rió como un niño.

Lancé un gemido al sentir un largo y profundo pinchazo de dolor que me obligaba a arquear la espalda, pero no conseguí moverme ni un centímetro. Traté de abrir los ojos, pero parecía que mis párpados los hubieran soldado en los confines de un continente perdido.

Tranquilo, chico” me dijo el hombre. Me dio un par de palmaditas en el hombro como intentando calmarme. “Creo que te has partido la espalda. Tienes bastantes golpes por todas partes, la cara se te ha hinchado mucho así que no es raro que no puedas abrir los ojos,  no lo intentes. Hay un granero cerca de aquí, por encima de aquella colina. He arrancado unos tableros de madera y te he hecho como si fuera una camilla… A todo esto, me llamo Gabriel.

Intenté mover los brazos, pero el hombre me había atado con firmeza a una especie de tabla y era incapaz de deshacerme de las cuerdas. Traté de mover las piernas con todas mis fuerzas y, a pesar del intenso dolor general que se iba haciendo con mi cuerpo, comprobé con horror que en las piernas sólo sentía un leve cosquilleo, pero no me respondían. Quise revolverme, quise gritar, quise que Pablo volviera con la escopeta y que me sacara de allí, quise que el hombre desapareciera, que desapareciera, que desapareciera.

Estate quieto.

Sentí como su mano empujaba mi hombro suavemente contra la tabla de madera y luego sus pasos se alejaron. De nuevo intenté abrir los ojos. Conseguí abrir un poco el ojo izquierdo. Descubría el sabor de mi sangre siempre fresca con cada respiración, pero tenía que mirar. El hombre había colocado la tabla reclinada sobre un árbol, de tal manera que me encontraba en posición casi vertical y podía alcanzar a ver algo. Y a través de una niebla que me entorpecía la mente, a través de la sangre y las lágrimas pude ver que el coche descansaba para siempre en el hueco de un gran pino, del revés, con las lunas rotas y los laterales aplastados. Las ruedas traseras se habían salido del eje. Las delanteras no estaban. Entre el coche y el árbol donde me encontraba atado, asomando entre unos helechos gigantes, podía acertar a ver algo rojo, carne abierta, rojo y sangre. Y pelo…

¡Anita!” Intenté gritar su nombre pero sólo me salió un murmullo de sangre, y casi rojo, entrecortado y distorsionado en líquido entre mis dientes rotos.

¿Se llamaba Anita?” el hombre me preguntó desde algún lugar no muy lejos de mí. “Le pega. Le iba bien Anita. No quería abandonarte, ¿sabes? La disparé y la muy jodida seguía intentando agarrarse a ti. Tuve que recargar la pistola para poder acabar con ella. Ese tipo de cosas, esa tenacidad, se merecen cierto grado de respeto.

No. No me lo podía creer. Empecé a llorar como cuando era chico, desconsolado, no paraba de llorar y cuando volví la cabeza, apartando mi mirada de todo aquel horror, me encontré de frente, cara a cara, con la de aquel hombre que era la de un viejo y la de un joven, la de un loco barbudo que entonces sólo encarnaba a la muerte. Pareció darse cuenta de lo que me rondaba la mente porque se incorporó del todo, estiró la espalda, echó para atrás los hombros, abrió un poco las piernas y se plantó delante de mí como si fuera a dar un discurso, pero entonces agarró el tablero por los cantos y poco a poco lo colocó hasta que me encontré mirando colina arriba. Alguien descendía a lo lejos por un camino de tierra. El hombre me observaba y de vez en cuando miraba conmigo, hacia la persona que parecía dirigirse hacia nosotros.

Seguro que tú también piensas que Karolo es el responsable de todas las muertes. Me lo han dicho ya otras veces. Uno como tú me dijo que había teorías que explican el tema desde un punto de vista diferente, algo sobre la influencia de las ondas electromagnéticas de la luna hasta que nuestro cerebro es capaz de conectarse espiritualmente de alguna manera, pero yo no me creo nada eso. No pienses mal…, no es que no esté de acuerdo con que la luna ejerza algún tipo de influencia sobre nosotros, al contrario. Karolo, por ejemplo, siempre intenta salir de caza en los días de luna llena, pero no siempre tenemos tanta suerte como hoy. Vosotros sois caza fácil.

Sin razón aparente, empezó a ponerse muy nervioso, movía la cabeza de arriba abajo continuamente como queriendo afirmar algo muy importante, pero sin desearlo de verdad. Entonces me miró fijamente y se apartó para revelar el cuerpo de Pablo, inconsciente. Desnudo y atado a un árbol cercano por una gruesa cuerda naranja. Tenía la tripa ensangrentada y un corte profundo y limpio le recorría un costado. El corte se lo habían cosido de manera burda excepto por una abertura en la parte de arriba, y de allí salía un tubo negro que iba a parar a un pequeño cubo de latón que le habían colgado al cuello. Era mi hermano Pablo. Era mi hermano Pablo.

Está  vivo, si es eso lo que te preocupa. Me temo que a Karolo no le cayó nada bien. Le despertaría para que te despidieras, pero no vais a tener tiempo para palabras chico. Karolo está al caer.” dijo y señaló al camino.

Le pedí a algún dios en el que no creía que me devolviera la inconsciencia, que me diera aire, que me librara de un miedo que me invitaba a no morir, que me empujaba a quedarme donde todo pasaba muy despacio y muy deprisa otra vez. Y vomité con lágrimas y más sangre, mil sinrazones, quería vomitar mi miedo y no lo hice. Al levantar la cabeza,  me di cuenta que el hombre de la colina estaba ya cerca, venía jadeando y arrastraba un fardo que parecía muy pesado. Era un cuerpo atado a un tablón y supe que era la Griega. Yo sólo supliqué “¡Por Dios!”

Dios está relleno de queso” me contestó Gabriel.

Y desde el camino escuché a una voz ronca y peluda dar la orden.

¡Cárgatelo!

Y la razón.

“¡Ese ya no sirve para caza!”

Gabriel desenfundó una pistola, la puso contra mi sien y disparó.

Lo siento chico. Son cosas que pasan.

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