Chanel: Resurrección en Venecia

Todo está en los hombros. Las revistas mienten en sus decálogos de siete milagros; no es el talle alto lo que hace más delgada ni la altura del pantalón disimula trasero alguno. Chanel descubrió, o siempre supo, que la caída adecuada sobre una espalda firme permitía el movimiento en la parte delantera del vestido. Y con eso sobra: Nada de tapar el cuerpo, mejor difuminarlo todo.

Si no hay piernas, que haya escote. Si hay omóplato que no haya cuello. Triunfó, ganó dinero, no tenía que reservar en el Hotel Normandía. Cierto que el nº5 y el esplendor tardarían un poco en llegar, pero la vida de Gabrielle, ya Coco, era plena. Que significa, como siempre, que iba bien servida en la cama. Boy Capel era su hombre aunque no lo era.

Pero Arthur Capel fue enterrado a las 14.30 horas de un 24 de diciembre de 1921. Coco lo vio más claro que nunca: Ya no necesitaba pensar sobre el amor verdadero, engañarse sobre por qué no podían caminar juntos de la mano en público, escaparse en medio de una fiesta hasta un seto oscuro. Muerto, volvía a ser suyo. Sólo suyo.

La (verdadera) viuda

Tiñó sus cortinas y sábanas de negro, se marchó a vivir al Ritz de la plaçe Vendôme y casi se derrumbó. Con la mujer (real) de Capel buscando nuevo partido, ella era la única viuda aunque nada le obligaba a que lo fuera. Hasta que Misia, su amiga, la burguesa loca y un poco puta que “conectaba con quién no entendía del todo”, le invitó a acompañarla a su luna de miel. A Italia. Coco nunca había estado allí y aceptó. De crucero por el Adriático desembarcaron en Vencia. Oh, Venecia.

Si a un niño le compras un juguete deja de llorar. Chanel vio los dorados bizantinos de la Basílica de San Marcos, los museos, la melancolía del café a media tarde. Y ochenta y tres millones de obviedades más que no conviene reproducir. Por supuesto que la ciudad le causó impacto. Sólo faltaría. Luego lo reprodujo todo en sus telas, hasta el claroscuro de los maestros; una inspiración que permaneció intacta en toda su obra posterior.

Allí conoció a Diáguilev, intimó con Stravinski (“era tan ruso que no le importaba estar casado”), le escuchó decir a Cocteau que ella era como el Picasso de la moda. La Venecia de los secretos, de las cenas, de las conspiraciones del talento. El poso, como la ciudad, fue eterno; y la vida caprichosa convirtió sus canales en escenario de segundas partes.

Ocho años después Chanel regresó a Venecia. Volvió a coincidir con Cocteau. Ella le hacía siempre regalos maravillosos. Una cadena de platino fina, flexible, que reproducía el cuerpo de una serpiente y que servía para llevar las llaves. También volvió a encontrarse con el coreógrafo Diáguilev, esta vez en su lecho de muerte. Muerte en Venecia, vaya.

Escenario también de frases maravillosas y las no-declaraciones de amor más bellas que nunca le hicieron a Chanel.

Mi mujer sabe que te quiero. ¿A quién si no a ella le confiaría una cosa tan grande como ésta?”

Stravinsky también rondaba por allí, lanzado y locuaz en una Venecia que olía al perfume del adulterio. Olor a vida.

Apuntes y recomendaciones

La última colección Crucero diseñada por Karl Lagerfeld para Chanel recupera el primer viaje de Mademoiselle a Venecia, los colores, las formas que descubrió a su llegada. También la línea de maquillaje que la firma francesa lanza al mercado en 2010 juega con las mismas referencias.

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