Comme des Garçons y la (anti)moda

Es como esas canciones en las que el enamorado habla, en la misma estrofa, de la espuma del café y de cuánto echa de menos a su chica: jugando al aparente despiste, mezclando la ironía con lo que realmente importa, todo alcanza una dimensión mucho mayor. El impacto (emocional) se multiplica. La moda, creada a partir de la antimoda, es mucho más que la suma de ambas cosas. Rei Kawakubo, fundadora junto a su marido Adrian Joffe de la firma japonesa Comme des Garçons, lleva casi 40 años jugando al despiste. ¿Cómo se consigue dar la vuelta al negocio de la moda tanto tiempo? «Empujando constantemente las fronteras y tratando de crear cosas nuevas», afirma Kawakubo. Y así, destrozando barreras como superhéroes manga de ojos imposibles, los creadores repasan para ArterEgo las claves de su universo paralelo.

En 1983, Comme des Garçons presentó en París una colección que provocó varias epidemias de sudores fríos y obligó a que muchas se replantearan el taconazo: dijeron adiós a todo esto, como Robert Graves, y reivindicaron el harapo, la miseria y el calzado plano. «Sí, creo que causó impacto. El poder de los medios de comunicación es demasiado grande y eso hace que la gente se asuste un poco, tengan miedo a ser diferentes. Es algo que forma parte de la condición humana».

Un salto al vacío que muchas veces se asocia a una aproximación teórica o intelectual de la moda al mundo del arte. «Es cierto en el sentido de que la energía creativa fluye mejor desde una perspectiva conceptual o artística. Pero no somos artistas», sentencia Kawakubo, «nuestras creaciones se proponen para que puedan ser usadas, vestidas, no expuestas en una pared». La diseñadora matiza: «La diferencia es que la historia que contamos con nuestras creaciones debe interactuar con el consumidor y, si no ocurre eso, entonces nuestro trabajo no tiene ningún significado».

No es la única diseñadora que piensa así. La moda puede que sea un tema de conversación (un maravilloso tema de conversación) pero quizás nunca deba asociarse a la palabra importante. Sin embargo, su acercamiento a los museos y espacios expositivos está absolutamente legitimada. Por el público, sobre todo. ¿Por qué? «Creo que la gente, cada vez más, busca un significado para las cosas que ven y compran. Por eso, las exposiciones pueden llegar a ser muy populares». Que no es lo mismo ver un abrigo de Balenciaga que conocer cómo y por qué se hizo.

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Aunque lo de Kawakubo, resumiendo, es como fabricar ropa aflojando ligeramente el tornillo de una maquina; es imposible saber qué saldrá de cada proceso. Sus perfumes son un buen ejemplo de ello. Lanzaron la primera fragancia en 1994 y, poco después, el primer ‘antiperfume’ (Odeur 53), compuesto con 53 notas olfativas poco convencionales. Oxígeno, ropa secándose al sol, dunas de arena, acero húmedo. Ahora lanzan A New Perfume, que recuerda al pegamento y a la cinta adhesiva mezclados con «flores que no existen». Para su lanzamiento en París, expusieron la botella junto a otras de falsos perfumes, de esos que se venden en las farmacias y los mercadillos. «Quisimos jugar con ese juego entre verdadero y falso que da la falsificación, romper la manera habitual de lanzar un perfume. A veces, las campañas de los perfumes de verdad parecen falsas y nos pareció buena idea cuestionar e ironizar sobre estos productos de lujo y su negocio».

– Un negocio que la crisis ha obligado a replantear. ¿Cree que ahora la gente compra menos pero con más calidad, como la mayoría reconoce?

– Prefiero pensar que, ante la situación actual, la gente ha comenzado a replantear sus ideas y se ha cansado de que les digan qué tienen que hacer. Quizás piensen de manera individual y se sientan más a gusto con sus decisiones. Eso es bueno.

Tanto como crear. Nadie quiere imaginarse qué será del mundo de la moda el día en el que todo el mundo copie y nadie cree. «Nosotros tratamos de crear siempre algo que nunca existió. Puede que, quizás, otra gente nos siga. Un poco», reconoce sin inmutarse y usando, siempre, el plural para dar sus respuestas.

Pero la creación, en el taller. Entre restos de telas y bocetos con mujeres de piernas eternas. Meterse en otros asuntos sociales es otra cosa. «Todo el mundo es libre de decidir qué le gusta, pero no nos gusta dar consejos.Sólo hacemos lo que tenemos que hacer y dejamos a otros hacer lo que tienen que hacer». En su caso, maravillosos sueños de tela rematados con un asterisco. Que no es poca cosa.

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