El hombre que se vistió como Corto Maltés

Qué importa si nuestros besos son de película. Si piensas que aquella canción de Chet Baker la escribieron para ti; si prefiero que la penúltima viñeta me transporte mecido hasta la siguiente. Como cuando su pantalón blanco, a veces en sombra, apenas se atisba en el borde derecho de la ilustración, con una levita imitando el movimiento.

Como Corto. Un arete en la oreja y la pereza suficiente como para no hacer caso a todas las mujeres que te echan los tejos. No hay para todas, se siente. Una chaqueta marinera en negro degradado por el picante del mar, un botón dorado.

Se puede llevar vida de cómic porque cualquier cosa es mejor que la cotidianidad mediocre. Se puede ser Corto Maltés de fábula por Venecia. Se puede vestir como él. Dos abrigos, corto y largo. Una gorra. Alguna camiseta que no completa el look pero alimenta el mito.

Y la moda

Chanel se vestía como el pescador que faenaba la primera vez que vio el mar. Demasiado impacto. Gaultier lo hizo uniforme e icono de mercadotecnia. Watanabe lo hace y rehace porque lo siente como básico. Modo parisino, lo llaman; Sailor chic. O cómo lo clásico será siempre moderno. Las primeras cosas se inventaron primero por algo. Los marineros son inteligentes.

Es un tebeo, claro, pero la diferencia es mínima. Si existe un personaje capaz de inspirar a diseñadores de todo el mundo es porque su autor ya fue él. Hugo Pratt-Corto, alter ego con ele; el hedonista que creó al hedonista. A los dos les importaba nada las cosas importantes del grupo de las cosas menos importantes de la vida.

Corto ya fue modelo de Dior, quién se lo iba a decir. Supongo que ni le pagaron ni le importó. También le dedican exposiciones y le copian el estilismo. La gauche divine, que se encaprichó de él. Las tendencias son casualidades, coincidencias, dicen. Pero no es verdad.

Toca pasarse pues por Colette y hacerse con lo que faltaba: ropa inspirada (copiada) en el marinero que se fabricó su propio destino con una navaja; tiene las cicatrices que lo demuestran. Para emprender viaje a Siberia, si quieres, o tomar un vermú en silla de mimbre.

Para invitarla a cenar o, simplemente, viajar. Escapar. “Marcharse pero sólo por eso… por marcharse”. Y tatuarse una golondrina nada más divisar tierra.

La cita de Corto está extraída del álbum Fábula de Venecia, altamente recomendable.

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