Enrique Urquijo, ese chico triste

“Los grandes hombres nunca mueren; sólo se desvanecen en la distancia”.
General McArthur.

Tal día como hoy, 17 de noviembre, hace exactamente 10 años, estaba sentado en la cocina de mi casa desayunando algo a toda prisa para tratar de no perder por enésima vez el autobús. La radio, como todas las mañanas, sonaba en la cocina a un volumen ligeramente superior de lo recomendable para mi cerebro recién despertado.

Sin embargo, aquella mañana iba a ser diferente al resto porque estaba a punto de escuchar algo que nunca había querido escuchar. Entre el olor de la tostadas y el ruido de las cucharillas entrando y saliendo de las tazas de café, el locutor de la radio dijo algo que fue como un bofetón a mano abierta y que era un golpe difícil de encajar para mucha gente. Entre ellos, para el chico de 14 años que miraba completamente ensimismado, aún bastante dormido, el fondo de su bol de cereales.

Han encontrado muerto a Enrique Urquijo… El cantante y líder de la banda madrileña Los Secretos ha aparecido muerto esta madrugada a los 39 años de edad en un portal en el Barrio de Malasaña, en Madrid…

 

Me quedé en silencio, sin moverme, tratando de asimilar la magnitud de esas trágicas palabras. Y entonces, durante unas milésimas de segundo que parecieron horas, con la respiración contenida, supliqué, recé y rogué.

Por favor. Por favor. Dime que ha sido un infarto, que se ha resbalado en la ducha o que le ha atropellado un camión de mudanzas. Cualquier cosa. Pero por favor,  por favor, no me digas que han sido las drogas. No me digas que al final lo ha hecho…

El locutor, no obstante, parecía estar obstinadamente dispuesto a joderme aquella mañana.

 

Todo apunta a que ha sido una sobredosis…

Unos cuantos años antes de aquella triste mañana, cuando apenas tenía 7 años, pedí a los Reyes Magos algún disco hortera de la época que ahora no recuerdo en lo que eran mis primeros, y por tanto torpes, escarceos con la música.

Los Reyes Magos, para mi sorpresa, hicieron caso omiso de mi petición y en la mañana del 6 de enero no me encontré en el comedor el disco claramente especificado en mi extensa y educada carta remitida a sus majestades de Oriente. En su lugar, me encontré un disco con un portada rara, junto a una nota firmada por Melchor en la que pude (además de constatar que la ilegible letra de aquel señor de Oriente era inexplicablemente similar a la de mi padre) leer lo siguiente:

El disco que nos has pedido es una horterada de maricas. Los Secretos son mucho mejoresAtentamente, Melchor.

 

Y en esa mañana del 6 de enero de un año impar, escuché por primera vez la voz triste y rota de Enrique, hablando de chicas, copas, lluvias, calles, amaneceres, bares y tristezas.

A partir de aquel momento, en el coche en el que iba todos los días con mi madre y Álvaro al colegio, sólo se podía escuchar una cosa: el disco de Los Secretos. Yo, en el asiento delantero, canturreaba en voz baja esas canciones que me sabía de memoria y que escuchaba de un modo obsesivo-compulsivo para tortura psicológica de mi madre, mi hermano y los pocos amigos que aún querían subirse en el coche de aquellos pirados que jamás cambiaban de disco.

Ya estás escuchando otra vez a ese chico triste, Javier. ¿No podemos escuchar otra cosa?.

La mirada asesina que le dedicaba a mi madre cuando me repetía lo que yo entendía como una traición propia de ser condenada con la muerte a garrote vil, hacía que no insistiera mucho más y que no se atreviera a cambiar nunca el cedé de aquel chico que cantaba como si estuviera a punto de cortarse las venas con las cuerdas de su guitarra.

Y, poco a poco, Enrique Urquijo, ese chico triste con sus canciones escritas en servilletas de bares de dudosa reputación y manchadas siempre por la penúltima copa, se convirtió en la banda sonora de mi vida. Drogadicto, alcohólico y romántico incurable, sus canciones siempre fueron una elegante nota de suicidio de la que nunca nos quisimos dar por enterados. Todos sabíamos que su única medicina para esa enfermedad que tenía en el alma consistía en rodearse de las mejores compañías, esto es, una botella de whisky, una bolsa de cocaína y cualquier camarera que le diera conversación. Y no hay nadie que aguante eso. Ni siquiera un tipo como él.

Porque lo cierto es que unos ven la vida de color rosa. Otros más prudentes, no ven las cosas ni blanco ni negro, sino gris, mientras que los más pesimistas creen que la vida no tiene otra tonalidad más allá del negro.

Para Enrique, en cambio, la vida sólo tenía un color: el color ambarino del whisky.

Y así, como quien no quiere la cosa, hoy vuelve a ser 17 de noviembre y sin darme cuenta, a veces con más pena que gloria, otras con más gloria que pena, han pasado ya 10 años desde que encontraron en ese portal, maldito portal, el cuerpo sin vida de Enrique Urquijo. Sin embargo, las cosas no han cambiado tanto. Sigo emocionándome  con sus canciones y pensando que hablan de mí. Sigo canturreándolas en voz baja. Sigo brindando con mi copa cuando suena Déjame en un bar. Sigo sin ser capaz de pasar una semana sin escuchar Aunque tú no lo sepas. Sigo absolutamente convencido de que Agárrate a mi María, la canción que le dedicó a su hija de 5 años, es la mejor herencia que ha podido dejar un padre a su hija.

Y sigo echando de menos a ese chico triste.

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