Genet por seis

“Sólo es elegante el que se viste por algo”.

Al menos eso dejó escrito Umbral por alguna parte.  El no estar desnudo creo que queda excluido del abanico de algos, aunque cabría interpretar. De todos modos, es cosa seria, lo de vestirse. Lo que sí que es completamente cierto es que ni es ni da lo mismo pisar un chicle (¡Oh, divina providencia!) con unos tacones rojos que pisarlo con unos pumps tan brillantes como un chaleco reflectante. Quizá los ciclistas deberían vestirpumps. Un apunte.

Sigo a lo mío. Una vez pisado el chicle, independientemente de lo calzado, levanta uno el pie. Esto es así. Y al levantar el pie y describir el movimiento del paso, se creará un músculo pop fibroso y que se expande tirante para luego morir flácido y, en último término, amputado. Pues bien, en cada caso será distinto, así que tampoco da igual el zapato. No habrá el mismo músculo, porque no habrá el mismo movimiento de paso, ya sea con unos mocasines Alden de ante, ya con unos mocasines de Castañer, por publicitar dos marcas. Al fin y al cabo, las sensaciones producidas son distintas, que es de lo que en el fondo hablamos.

Llegados a este punto, importante, de inflexión, deberíamos preguntarnos qué zapato habrá que elegir o, en su defecto, qué zapato habría elegido alguien a quien tengamos en nuestro Olimpo particular, aún a riesgo de hacer equilibrismos sobre el tenebroso foso wannabe. Personalmente, no tengo ni idea de qué zapato habría elegido Jean Genet, pero veo bastante probable que no hubiese elegido el par que lleva su nombre.  En la cárcel no se pisa mucho. Mucho chicle.  Sin embargo, yo veo el elegir un buen par de Genets un acierto. Y diría más, mucho más. Y es que incluso veo viable el poetizar sobre ellos. Enamorarse y perder la poca cabeza que todavía se tenga. Lo homologan sus seis borlas, constelación de parcas de la que Baudelaire y su luto perpetuo estarían orgullosos. Porque, con estos zapatos, el cuento del emperador sin traje no existiría, porque no necesitan ayuda para vestir a un pobre desnudo. Porque el vaivén cabaretero de estas seis bellezas es un brindis constante a la memoria del maestro. Porque son las seis muecas lánguidas de los seis descorches de seda y muslo canalla que haría un látigo en, qué se yo, aquí. Porque son el galope de pantorrilla triste de caballo en una silla de café. Porque son el traqueteo de un péndulo carnal sobre el sexo profundo y cósmico.
Se puede juzgar lo anterior como vulgar y exagerado, sobre todo épatant. Puro magma rococó. Pues todo vulgar, excepto los zapatos. Gracias, Mr Hare. Que vivan los chicles en las bocas bonitas.

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