Guía canalla de Berlín

Que si el muro, que si la chavalería a la moda, que si el underground, que si los cafés del Prenzlauer Berg, que sí tal, que si cual. No hay tonto que no te salga con el rollo berlinés. Cuántas veces me han entrado de levantar la mano cuando la pizpireta de turno me ha venido con la cantinela. Berlín es una ciudad prusiana, y como tal horripilante. Un infierno lleno de moles de hormigón, ristras de abortos de la arquitectura contemporánea y barrios pobres llenos de inmigrantes musulmanes. Amigos, Berlín es una puta mierda de ciudad. O lo sería, de no ser por el beber. Porque beber, lo que se dice beber, Berlín es la ciudad donde mejor se bebe de Europa. Mejor que en Londres, pero mucho más barato y sin los pijeríos y envaramientos de aquella. Hemos intentado, dentro de la inmensidad de la oferta, elegir cinco momentos imprescindibles: desde el ambiente burgués del Lebenstern, en una villa patricia de la Kurfürstenstrasse, a la atmósfera onírica del Rum Trader, pasando por la fiesta del Tausend o el geekismo coctelero del Triobar.

Recuerden siempre: uno es lo que bebe.

Y no me pregunten qué hacer o qué ver en Berlín durante el día. Ni lo sé, ni me importa.

Guía de coctelerías y barras de bar

1. Un Martínez en el Lebensstern (Kurfürstenstr. 40, villa Henny Pforten)

Nos encaminamos a la zona noble de Berlín. En un tranquilo barrio residencial, entre embajadas, consulados, firmas legales y casas patricias, encontramos la antigua villa de la estrella del cine mudo Henny Pforten, durante los roaring twenties berlineses un popular lugar de reunión de la bohème y la intelectualidad de la época. Hoy en día, su planta superior es la ubicación del Lebenstern, el mejor bar de Berlín. A la coctelera, un viejo conocido de quien escribe: el joven Ricardo Albrecht, barman del año 2009. Amo y señor de la colección de espirituosos más importante de Alemania, especializada en ginebra y ron. Del claro destilado victoriano, Ricardo y su equipo manejan más de doscientas referencias, incluyendo la que elaboran ellos mismos; del tesoro de la caña, más de setecientas. Inútil explicar lo que se puede beber aquí. La imaginación es el límite. Catas verticales de cuarenta años de Trois Rivières, sin ir más lejos. El ambiente, burguesía ilustrada alemana, sin esnobismos ni estiramientos. El abogado, el músico, el político y el artista. El piano, disponible en un rincón, por si alguien se anima. Los cócteles, clásicos. Pedimos, entre otros, un Martínez, con ginebra Old Tom, vermouth Carpano Antica Formula, licor marasquino y amargo de naranja. Maderas nobles, sillones de oreja, vistas al jardín: la civilización, en suma.

2. Un Sazerac Royal en el Triobar (dirección secreta, consultar)

Michael “Mike” Meinke era antaño publicista. Un día reventó. Desde entonces se dedica a su locura: el cóctel. La niña de sus ojos es el Triobar, que regenta en el mismo espacio físico que su amigo Dirk y su club de rones (casi 600 referencias en carta). El Triobar es un speakeasy: un bar reminiscente de los locales clandestinos de la Ley Seca americana. Su dirección sólo se revela a los invitados de Mike; se accede únicamente con reserva. Más que un bar, una cripta en la que reina el dueño como un (encantador) monarca absoluto. No hay menú: se bebe, en un ambiente íntimo, lo que Mike recomienda (o incluso impone), de un fundus extraordinario de espirituosos y productos alcohólicos, algunos de más de cien años de antigüedad. Lo que ya ha dejado de existir, lo que todavía no existe, o lo que oficialmente no existe: todo eso y más tiene Mike. Los hielos se tallan ad hoc con el picahielo o se esculpen con ayuda de una costosa máquina japonesa. Bebemos un Sazerac Royal, con un cognac desconocido, amargo Peychaud’s, un sirope casero de cognac X.O y un baño de absenta y champagne. La noche concluye frente a la chimenea, en animada conversación y cata con Mike, un hombre que vive por y para el cóctel.

3. Un Last Word en Beckett’s Kopf (Pappelallee 64)

Vecino del Vis à Vis, en el coqueto barrio residencial de Prenzlauer Berg, encontramos el busto de Samuel Beckett presidiendo el imprescindible bar homónimo. ¿Qué decir? Poco y mucho a la vez. Bebidas clásicas, inspiradas en los años de oro de la coctelería: finales del decimonono y años veinte y treinta del pasado. Lejos queda la sordidez de las copas de balón o los vasos de tubo patrios: en su lugar – y esta es la tónica habitual en Berlín – pequeños y preciosos goblets o coupettes para tragos pequeños, secos, serios, adultos. Tomamos un inmejorable Last Word (gin, Chartreuse Verte, Marasquino y lima) y una creación de la casa, el Towada (sake, pisco, grappa aromatizada con aceite de cedro, pepino fresco). Ambiente civilizado y detalles curiosos, como la carta: un volumen de textos de Samuel Beckett en la que se intercalan las bebidas, agrupadas por categorías. Un bar adulto, un bar de gente que sabe beber para gente que sabe beber.

4. Un Jack The Ripper en Tausend (Schiffbauerdamm 11)

Ni letreros, ni neones: una minúscula puerta con mirilla a orillas del río Spree es el acceso al club más exclusivo de Berlín. La cuadratura del círculo: el underground berlinés, pero sin el underground berlinés. Una puerta durísima escoge a los elegidos. Una vez dentro, la jauja: interiorismo de impresión, personal encantador, fiesta de la buena y coctelería de gran altura. ¿Quién imagina tomar un Manhattan o un Aviation de libro en una discoteca? Yo no, hasta que ví el Tausend. Bebemos, entre otros, una creación del barman Mario Grünefelder, el Jack The Ripper (applejack, licor de flor de saúco, limón y cerveza de jengibre). Todas sus bebidas pueden probarse, con más tranquilidad y sin los rigores del derecho de admisión, en su otro magnífico bar, el del Hotel Amano. Pero si de verdad te gusta beber, damos por supuesto que ya te alojas en él.

5. Una copa de Bollinger con Gregor Scholl en el Rum Trader (Fasanenstrasse 40)

La historia del Rum Trader se remonta nada menos que a 1943. En plena Segunda Guerra Mundial, a los 14 años de edad, Hans Schröder inicia su andadura como botones en el Hotel Adlon. Todos los días, concluida su jornada, el barman le sirve una soda con un golpe de granadina. Empieza su pasión por el bar, que le llevará al Le Meurice en París, el Palace en Madrid, el famoso Trader Vic de San Francisco (donde aprende los secretos del mismísimo Vic Bergeron) y de nuevo de vuelta al Adlon. Allí, entre otras aventuras, conocerá a Ian Fleming, quien le dedica unas líneas en su novela Octopussy. En 1978 abre por fin su propio bar: el Rum Trader. Fast forward: año 2009, el heredero de Hans Schröder, el increíble Gregor Scholl, nos recibe en su caverna de la Fasanenstrasse 40. Ataviado con su eterna levita, pajarita, chaleco, reloj de bolsillo y un fabuloso corte de pelo con navaja, el maestro da lugar a una noche onírica, bizarra, indescriptible. Dandy, snob, filósofo, músico, reaccionario, gourmet, narcicista, excéntrico y provocador, Herr Scholl, the last gentleman bartender, es el fascinante rey de un minúsculo microcosmos para apenas una decena de bebedores, todos ellos elegidos en la puerta por el ojo clínico del patrón. Muchos clientes primerizos no aguantan la arrolladora personalidad de Herr Scholl y deben abandonar el local. Ningún peligro corremos, sin embargo, si recordemos cuál es el ingrediente fundamental de la elegancia: el sentido del humor. Responded con una sonrisa y un comentario ingenioso a las pullas – no por finas menos ofensivas – del maestro y todo irá bien. La noche mágica concluye brindando con Herr Scholl antes de tomar nuestra “carroza de alquiler”.

…y para comer

· Cena y copa en el Vis à Vis (Raumerstrasse 15)

Coqueto y civilizado bistró a tiro de piedra del Beckett’s Kopf. Cocina burguesa afrancesada a precios honrados y con servicio competente. Esto es: lo que no existe en España. Tras los postres, unas copas digestivas en el bar del restaurante, diseñado por Michael ‘Mike’ Meinke y también uno de los mejores de Berlín. Por ejemplo, un increíble sour de Batavia Arrack – ron de la isla de Java elaborado con caña y arroz rojo.

· Comida en Fischers Fritz (Charlottenstrasse 49)

El templo gastronómico de la ciudad. Dos estrellas y diecinueve puntitos en vuestras guías más detestadas, y el menú de mediodía que sale casi regalado. De comer, pescado y más pescado – el nombre es programa. Altos vuelos, pero sin alardes, sifoneos ni desnortamientos. La carta de vinos, monumental – aunque, eso sí, con márgenes de auténtica usura. El ambiente del local en el hotel The Regent, absolutamente reaccionario y apolillado, no tiene nada que ver con el excelente servicio: joven y amable.

…y para descansar y fornicar y, ¿por qué no? beber otro poco

· Hotel Amano

Simpático y ultramoderno hotelito de diseño con agradables suites a buen precio. El bar, uno de los mejores de la ciudad, reúne todas las noches un ambiente inmejorable en torno a fantásticas copas.

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