Moda y sensación de procedencia

Si la mano no es distinta de lo que crea, la misma mano tampoco será ajena al espacio donde duerme. Importa la silla en que te sientas, la hora en la que ponen de comer, el tiempo que ha pasado desde que se generalizaron las urnas y el valor de tu moneda. Hasta la forma de preparar el café. Aun a riesgo de caer en los tópicos (las francesas no se depilan, los italianos gustan de la licra), lo cierto es que la historia ha demostrado que la moda (un juego, sí, pero con demasiada apuesta sobre la mesa) ha conocido reglas diversas según su origen. El terruño, la sensación de procedencia. Pues eso.

Sueño americano

El país en el que nueve de cada diez especialistas en economía hablan de privatización y libre mercado (como modelo y como salvación casi religiosa) no podía sino inventar el negocio: Es cierto que a finales del siglo XIX ya existía el ready-made; pero durante el periodo de entreguerras en Estados Unidos se despachaba prêt-à-porter antes que las grandes casas francesas optaran por la segunda línea. Los catálogos de venta por correo daban la posibilidad de crear, en apenas 24 horas, el traje que una semana antes había lucido Joan Crawford en la alfombra roja; la maquinaria lo permitía. También la crisis tuvo mucho que ver, ya que en los años 30 la importación tenía suplemento en aduana. Sin embargo, los patrones no, y comenzó la reproducción de prendas de todas partes en materiales sintéticos y más baratos. Resultado: más ventas. Estados Unidos no inventó nada, como casi siempre, pero elevó la ropa de no costura a límites nunca alcanzados hasta ese momento.Vera Maxwell y, más tarde, Tina Leser o Anne Klein (maestra, verdugo y luego maestra de nuevo de Donna Karan) lo hicieron posible. Dinerito, barras y estrellas, negocio.

Nada en Italia

Lo dijo Mussolini: “No existe una moda italiana”. Y todavía tuvieron que pasar más de veinte años para poner remedio a la queja. En los 50, Italia aprovechó lo que tenía, esto es, su apertura vital al resto de europa, su política de salarios bajos y pocas cargas sociales, y su industria autóctona (punto artesanal al pie de los Alpes, industria lanera en Florencia). Así, vendieron a los americanos y crearon una forma de hacer especial: era ropa de producción, pero añadiendo un plus de lujo que forma parte de su idiosincrasia. El resto son reseñas en manuales fashion; los salones de Milán, la alta moda de Roma, Valentino, la familia Missoni en los primeros años cincuenta, Cerruti, Ferré y Versace. O la frase de Eugenia Sheppard que mejor define el bolso Fendi y otros tantos con similar acento italiano: “Para ser elegante hay que ser como todo el mundo”.

Antimoda japonesa

Durante la semana de la moda parisina de 1983, las mujeres se rompieron las uñas apretando fuerte contra sus sillas y los hombres goteaban de sudor frío: dos japoneses, Rei Kawakubo y Yohji Yamamoto, hicieron explotar el imaginario femenino de laca, taconazo y hombro marcado. Adiós a la mujer fatal, viva el harapo y la miseria. Y el zapato plano. La introspección y, por qué no, cierta vanguardia, llegó cuando estos dos estilistas decidieron que la moda podía ser rentabilidad pero también un acto conceptual. Ropa que incluso hoy día (la propia Comme des Garçons, Watanabe, Haversack…) le da la vuelta a la moda tal y como el neófito cree conocerla. Cuando parece que la propia silueta es la que definirá la prenda, ellos inventan otra superpuesta. Más o menos, como fabricar ropa aflojando ligeramente el tornillo de una maquina. Imposible saber qué saldrá de ahí. ¿Será cosa del manga interestelar, Hiroshima quizás?

Patadas adolescentes en Londres

Si Francia (que no está en el listado porque Francia es principio y final de todo) elevaba la alta costura y comenzaba a coquetear con las segundas líneas, el Reino Unido prefería sucumbir al movimiento de caderas pop de los años sesenta. Pelo largo en los chicos y corto para ellas, Carnaby Street, exhuberancia adolescente. Hormonas alteradas por obra y gracia de Foale&Tuffin o por la wikipédica Mary Quant, ¿inventó ella la minifalda o fue Courrèges? Sea como fuera, Londres fue testigo de un nuevo modo de vestir y entender la moda que se retrató como en una fotografía de David Bailey y bailó al son de The Beatles. La Westwood y el Sex vinieron (poco) después; que el frío londinense siempre ha sido muy de salvajes cambios de humor.

Misticismo español

Es un hecho: al español medio no le dará vergüenza que alguien suba a su coche y le descubra escuchando a Fito o a El Barrio; si tienes a Nacho Vegas en el mp3 puede que dudes a la hora de darle al play. Extrañamente temerosos de parecer creativos, la moda hecha aquí (la de verdad, la reseñable) tiene mucho misticismo detrás, mucha leyenda urbana, muchos ángulos muertos. Y, sobre todo, poco sol y mar y tapas y toritos. Balenciaga,dios, se marchó pronto y se hizo el huidizo; no concedía entrevistas, dejó de crear cuando la costura fue herida de muerte. Pero fue el mejor, todos lo saben. Tampoco la obra de Mariano Fortuny es tan conocida como merece. Nació en Granada en 1871 pero fue hombre de mundo y de arte, pintor, creador de escenarios para teatro y artífice de los primeros vestidos plisados, como túnicas griegas. Más reciente el caso de Miguel Adrover, suerte de bohemio ermitaño tan esquivo como talentoso y con algo de mala suerte; su vida es ejemplo perfecto del rise&fall. Una pena porque la moda (española) pide a gritos que regrese a su rescate.

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