Raúl del Pozo, veredas y verdades

Raúl (Del Pozo) es un tipo que carga las palabras a distancia. Antes de hablar, prensa la pólvora, junta cables o agita los componentes para que queden bien mezclados o hace lo que haya que hacer para que algo, boum, explote. El caso es que va buscando eso mismo: elevar la presión de la atmósfera, lanzar una onda expansiva que deje al aire los piños del personal que le rodea. No llega ni a segundos el tiempo que tarda en conseguirlo. Cuando, por ejemplo, dice, sobre algo que ahora no viene a cuento: “¿Qué quieres? ¡Si venimos de un mono caníbal y pajillero!”. A eso me refiero. Después peina el terreno con una mirada cenital, desde la coronilla de la mesa; una mirada de avioneta de esas que desgarran el cielo como una cremallera cuando salen corriendo delante de un anuncio.

De todo eso no hay nada en su novela El reclamo. Para su protagonista, esperar es lo más difícil que ha hecho en toda su vida. Simplemente, no tenía que hacer nada. Esperar. Qué vida, eh. Ya me dirás si es vida. De repente, se da cuenta de que se ha ido haciendo viejo solo por dejar correr el tiempo. “Hemos vivido una mentira sin darnos cuenta”. ¡Haberte movido! Dice que no es un maqui, porque eso ahora es moda; es un viejo que busca, que va de espaldas buscando otra espalda que hace el mismo camino pero por el otro lado y al mismo ritmo. Recorre casi toda su memoria hasta que ya no queda memoria o hasta que se da cuenta de que no hay nada más mentiroso que su memoria y entonces vuelve a quedarse sin hacer nada. Por si alguien se acuerda y lo rescata.

Al final, lo que Del Pozo ha hecho es llevarnos al campo, como en el colegio, para enseñarnos que debajo de la pinocha tampoco hay adoquines ni debajo de los adoquines hay arena de playa.

No extraña que el escritor y columnista elija un bar llamado Blue Canalla para comer en Valencia, «la capital del Mediterráneo». Es hombre de llamar a las mujeres «princesas», lucir blazer azul con botones dorados y pedir más vino. Por eso no conviene dejarse engañar: su novela no es una historia sobre maquis. «No, es una novela sobre veredas, puentes, paisajes de la niñez; una novela que habla de hombres oscuros que no tuvieron canciones ni poemas». El libro pretende ser una reflexión sobre la memoria histórica y la Guerra Civil española, «un enfrentamiento que nos divide», pero no quedarse sólo en eso. «No nos damos cuenta pero en esa época vivimos como en un western. En el fondo, no es una novela política, habla sobre la vuelta al paraíso perdido», reflexiona. Y se sienta a la mesa mientras contesta al móvil.

La novela no deja mucho margen para la esperanza, para «ese camino más allá del horizonte» y se muestra crítica con un montón de decisiones erróneas. «El Siglo XX fue el siglo de la locura, de las equivocaciones». «Por ejemplo», continúa Del Pozo , «los anarquistas… han dicho las cosas más bellas de este mundo. Cosas equivocadas, pero hermosas». Ahora nadie quiere escucharlas ni leerlas porque “un mal polvo debajo de un edredón tiene más audiencia que una novela”.

Pide arroz. Y más vino (“Tú no has bebido, pero yo sí”, le espeta a un compañero de mesa) mientras se cuestiona la mejor manera de hacer una buena paella. “Hago lo del agua, lo de los puñados de arroz… pero no me sale. Algo me dirán mal”. Del Pozo, escéptico por naturaleza. «En las editoriales se creen muy listos pero también se equivocan. Hay muchos cortadores de mortadela». El reclamo, pues, parece una excepción entre tanta mercadotecnia. ¿Libro de culto? «Eso del escritor de culto es una puta mentira». Pues eso.

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