Ryan Adams · Fuego y cenizas

Si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco.
Piotr Ilich Tchaikovski

Rozando la locura andaba yo durante aquel julio de 2006. Trabajaba como becario en Londres y vivía en una pensión inmunda de diminutas proporciones, en la que podía conseguir la extraña proeza de ducharme, hacer la cama, preparar una tortilla y abrir la ventana sin moverme de la misma baldosa. Durante aquellos días, inusualmente calurosos, se estaba jugando el Mundial de fútbol en Alemania,Zidane disputaba los que eran sus últimos partidos y yo me preguntaba angustiado qué sería de mí sin ver al francés galopando por el Bernabéu. Mientras todo esto ocurría, yo andaba puliéndome el ínfimo sueldo comprando un infausto vino neozelandés, a 2 libras la botella, que, junto con las galletas saladas del TESCO, formaban la base de una pirámide alimenticia que probablemente destruyera mis papilas gustativas.

Necesitaba, aunque por aquel entonces aún no lo sabía, una banda sonora que me acompañara por las calles de Londres, que diera algo de sentido a aquel dislate de vida sin otro hilo musical que los infames grupos musicales que veía tocar en directo, en pubs turbios de la noche londinense, donde se respiraba humo.

Una tarde, empujado por alguna clase de impulso electromagnético, entré en una tienducha de discos de segunda mano, cerca de Covent Garden. El dependiente, un entusiasta seguidor de Belle & Sebastian, con el dos de corazones tatuado en el brazo derecho, me metió en una bolsa, sin que yo se lo pidiera, el discoHeartbreaker, de Ryan Adams. Al comentarle educadamente que yo no le había pedido ese disco, el fulano en cuestión me contestó, haciendo aspavientos como un loco, que si no tenía ese disco era un analfabeto musical, que no merecía poner el pie en su tienda, ni tener derecho de voto en mi país y que me callara.

Salí de la tienda con el disco bajo el brazo y me fui directo a mi madriguera/zulo a escucharlo, temeroso que, de no hacerlo, el dependiente apareciera armado con un lanzallamas en mi pensión dispuesto a calcinarme.

Y recuerdo que puse el disco de Ryan Adams a todo volumen, abrí la ventana y me tumbé en la cama, clavando la mirada en aquel techo con inquietantes humedades. Y todo cambió.

He estado en Londres más veces y siempre trato de volver a la tienda de aquel dependiente loco. Pero nunca la encuentro. Desapareció. Se hizo humo.

Tal vez nunca existió.

 

Cenizas y Fuego

Tras un parón de tres años, Ryan Adams acaba de sacar su nuevo disco: Ashes & Fire. Y es tan bueno que su adquisición debería ser de carácter obligatorio por ley.

Partamos de la base de mi debilidad por músicos como Ryan Adams: excesivos, atormentados, drogadictos, malditos, autodestructivos, ciclotímicos, talentosos, mujeriegos, sentimentales e imprevisibles. Me caen excepcionalmente bien. Todos ellos. Y ya si hacen discos maravillosos, pasan directamente a la categoría de héroes personales. Ryan Adams es uno de ellos. Qué duda cabe.

Tras un parón que el de Jacksonville se supone ha invertido en casarse, dejar las drogas y combatir la extraña enfermedad de Meniére, saca nuevo disco, un álbum en el que recupera ese sabor a folk nostálgico que tanto nos apasiona a sus seguidores más incondicionales y que le encumbró a los altares de la música americana.

Estamos ante un disco muy cuidado, sólido y contenido, a diferencia de otros trabajos suyos, en el que se nota la mano en la producción de un grande como Glyn Johns (Dylan, Cash o The Clash), con maravillosas piezas que recuerdan al mejor Ryan Adams.

Ryan, que siempre se ha sabido rodear en sus discos – y no solo en sus discos-  de mujeres talentosas como Lucinda Williams o Sheryl Crow, en esta ocasión, colabora en varias canciones con su amiga Norah Jones, recurrente sociedad la de ambos que ya ha dejado grandes temas.

El problema de alguien como Ryan Adams es que sacó un disco como Heartbreaker demasiado pronto.Ashes & Fire es un disco maravilloso, con las canciones perfectamente seleccionadas y en el que nos podemos dar de bruces con auténticas joyas como Lucky now, que si no es una canción absolutamente maravillosa, que baje Dios, Mozart, Sinatra o quién tenga que bajar, y lo vea.

London Calling

Ahora retumba el nuevo disco de Ryan Adams, una y otra vez, en mi habitación, de proporciones algo mayores que la de aquella pensión de Londres.

Pero, por unos instantes, cierro los ojos y me llega el olor a curry de aquella calle, el perfume de una melena rubia sudafricana, un dos de corazones tatuado en un brazo, el humo en los ojos en pubs de dudosa reputación, autobuses en dirección contraria y un cierto regusto a vino picado de Nueva Zelanda.

Y me encanta, joder.

Me encanta.

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