Un old-fashioned mefistofélico

“Sólo hay instantes”.

Nicolás Gómez Dávila.

Desde que cobrara uso de razón he consagrado mi vida íntegramente a un único propósito: la búsqueda de lo elusivo. He pasado pues, una vida entera en intentar poseer aquellas cosas, en raras ocasiones materiales, que pudieran calmar ese hambre ancestral: el de lo elusivo. Jamás lo he logrado. Y así, apenas lograda aquella meta tan buscada, la alegría del instante pronto se disipaba, como el agua que en vano queremos retener en el agua de la mano. En otras ocasiones, el instante se presentaba sorpresivo y veloz, sin ser invitado, y desapareciendo para dejar tan sólo una huella, como los sueños que se olvidan al poco de despertar. En cualquiera de los dos casos, la búsqueda empezaba de nuevo y yo me convertí en junkie del instante.

Esta y no otra, la hybris, es la esencia fáustica de la vida, en torno a la que han girado las más altas inteligencias. La búsqueda del instante, que sólo un materialista o un imbécil, que casi siempre coinciden, entendería como antónimo de eternidad. La eternidad, pues, que es siempre medida de intensidad, y no de tiempo. Y el instante, pues, como sublimación de aquella. Esencia fáustica, insisto, porque es Fausto quien entrega su alma a Mefistófeles habiéndose visto cumplido el objeto del pacto fáustico: la expansión-sublimación del instante en eternidad.

Ya que es poco probable que se nos aparezca una noche, como en la gran tragedia alemana, nuestro personal “perro de aguas” y logremos alcanzar nuestra redención fáustica, la búsqueda del instante seguirá siendo, en las personas civilizadas, nuestra única y gigantesca función vital.

Por ello aquí reclamo el papel de la bebida como pequeño consuelo fáustico, como “perro de aguas” que, convocado mediante el conjuro de su correcta preparación, se trasforma, igual que le sucediera a Fausto en la primera parte de su tragedia, en nuestro nada desdeñable Mefistófeles.

Fue Chandler en El largo adiós, o quizá Hammet – que siempre los confundo – quien escribió aquella frase:“El alcohol es como una chica. El primer beso es mágico, el segundo acostumbrado, el tercero rutina”. Si Chandler se refiriese a toda una vida, estaría profundamente equivocado. Si se refiere al periodo de tiempo más corto de una noche, tendría toda la razón. El primer trago, el primer sorbo de la noche en un gran bar es siempre mágico: instante sublime, pero replicable una y otra vez. Jamás puedo decir que me haya aburrido, jamás puedo decir que me haya apartado de la búsqueda del instante. Pequeña aprehensión de lo elusivo, modesta aunque agradecida sublimación de lo eterno. “Sólo hay instantes”.

The old-fashioned cocktail

En un pequeño tumbler, verter un pequeño chorro de whiskey de centeno de calidad, dos cucharadas de bar de jarabe de azúcar y varios dashes de bitters aromático (v.g The Bitter Truth Jerry Thomas’ Own Decanter Bitters). Añadir una piel gruesa de naranja y aromatizar todo el vaso, dejándola dentro. Llenar con piedras de hielo y verter seis centilitros de whiskey de centeno en varias tandas, sin dejar de remover suavemente el hielo, y dejando resbalar el espirituoso por otra piel de naranja fresca.

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